La IA puede ayudarnos a pensar, eso está claro. El problema comienza cuando dejamos de recordar que también podemos hacerlo sin ella.
¿Te ha pasado?
Utilizas IA diariamente. Te resulta extraordinariamente útil. No quieres renunciar a ella. Y precisamente porque la utilizas intensamente estás empezando a preguntarte qué quieres proteger mientras lo haces.
Como cada día, esta mañana a las 8 en punto me sentaba delante de mi escritorio y abría la agenda y el calendario para repasar las tareas que tenía establecidas para hoy.
“Vaya, hoy toca publicar en el blog, en LinkedIn y en Instagram. Con el lío que tengo… Pero no puedo posponerlo más, ya van varios días sin publicar y no puedo quedarme atrás. Es urgente que gane visibilidad”.
¿Te suena?
Pero tranquilos, todo controlado. Tenemos a la IA. Y menos mal.
Antes tardaba un día, a veces dos, en terminar de pulir un artículo de 1600 palabras. Ahora lo hago en apenas una o dos horas. Eso facilita enormemente la tarea, especialmente para quienes emprendemos prácticamente solos y asumimos multitud de funciones.
Responder solicitudes, preparar propuestas, escribir informes, buscar y contactar con clientes potenciales, diseñar dosieres personalizados, optimizar el SEO, crear contenidos formativos, investigar tendencias, formarse, asistir a congresos, gestionar la documentación de Fundae, hacer networking, impartir formaciones, preparar charlas gratuitas, asistir a reuniones, … y, por supuesto, publicar contenido en redes sociales con un mínimo de constancia y calidad.
Si añadimos las responsabilidades familiares y el check-list a completar cada día para mantener “una vida saludable”: descanso, desconexión digital, ejercicio, comida real, gestión emocional y autocuidado, contacto con la naturaleza, vínculo social, disfrute, …
De locos. Absolutely.
Sin duda alguna, nuestra nueva amiga nos permite hacer más, (generalmente) mejor y sobre todo más rápido. Nos volvemos más eficientes.
En este punto del artículo, haciendo un pequeño paréntesis, quizá cabría preguntarse para qué queremos ser más eficientes:
- ¿Para liberar tiempo para tomar mejores decisiones, relacionarnos más, descansar mejor, diseñar mejores soluciones?
- ¿O simplemente para producir todavía más?
E iniciar así un interesante debate sobre la “cultura de la inmediatez”, “la comparación”, “la presión por producir” o la combinación de las tres. Porque, siendo sinceros, quizá el problema no sea siquiera la IA, sino esa presión social por producir constantemente y, si es posible, más que otros. Sin embargo, dejaremos este melón pendiente de abrir para otra ocasión.
Cerrado este paréntesis, llevemos de regreso nuestra atención al hilo principal.
Efectivamente. Con los tiempos que corren la IA ayuda. Y mucho. Delegamos tareas y nos volvemos más eficientes.
Sin embargo, cuanto más delegamos, más importante se vuelve, a mi parecer, preguntarnos qué capacidades queremos conservar y cuáles seguir entrenando.
Me explico:
Últimamente, al usar rutinariamente la IA he empezado a detectar una pequeña corriente de pensamiento que aparece por mi mente de vez en cuando de manera fugaz, casi inadvertida. “
“¿seguiré siendo capaz?”
Si sistemáticamente dejo de enfrentarme al folio en blanco, de ordenar una idea desde cero, de buscar una palabra sin prisas, de sostener la incomodidad de no saber todavía cómo expresar algo, de revisar, de dejarlo reposar y volver a escribir…
¿estaré dejando de practicar precisamente algunos de los procesos que construyeron esas competencias en mí?
Y es ahí donde surge con fuerza nuestra capacidad de autoliderazgo.
Autoliderarnos en la era de la IA no consiste en demostrar que podemos hacerlo todo solos. En mi opinión eso sería absurdo y, además, profundamente ineficiente. Como ir al trabajo en un coche tirado por caballos en lugar de usar un automóvil.
Consiste en elegir conscientemente cuándo y hasta dónde apoyarnos en la tecnología y cuándo no hacerlo y seguir ejercitando esas capacidades importantes para nosotros mismos.
Usar nuestra capacidad de pensamiento crítico.
Y seguir trabajando en nuestro autoconocimiento.
Para que cuando aparezca ese “¿seguiré siendo capaz?”, no solo seamos capaces de hacerlo consciente, sino de escuchar y comprender el valioso mensaje que puede haber detrás: “esa capacidad es importante para ti y no quieres perder el contacto con ella, así que ¿qué vas a hacer?”
Te dejo con tres preguntas que a mí me han ayudado:
- ¿Qué tareas eliges delegar porque no aporta valor que las hagas tú?
- ¿Qué capacidades son importantes para ti y quieres seguir entrenando?
- ¿En qué momentos quieres utilizar la IA como apoyo, sin dejar que sustituya el proceso que precisamente quieres conservar?
Y es que… No necesitamos abandonar el uso de la IA para seguir siendo nosotros mismos, necesitamos crear conscientemente momentos en los que seguir siendo nosotros sin ella. Sin renunciar a una herramienta extraordinaria, pero tampoco renunciando a nosotros mismos para utilizarla.
Un buen profesional en los próximos años probablemente no será quien pueda competir con la IA en velocidad. Será quien sepa pensar con ella sin entregarle el pensamiento. Y eso también es libertad.
