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Volver al ritmo, no a la rutina: cómo regresar al trabajo de forma saludable y sostenible

Volver al trabajo tras una pausa, más o menos larga, no siempre significa estar preparado para hacerlo

Como a menudo nos ocurre tras las vacaciones de verano.

Recuperamos los horarios, abrimos de nuevo el correo, retomamos reuniones, responsabilidades y tareas pendientes. Desde fuera, la rutina parece haberse restablecido. Sin embargo, por dentro, quizá todavía no hemos recuperado del todo la concentración, la energía, la motivación o esa sensación de fluidez que nos permite desenvolvernos con claridad y eficacia en el día a día.

Volver a la rutina y volver al ritmo no son exactamente lo mismo.

La rutina puede recuperarse de un día para otro. El ritmo necesita, muchas veces, algo más de tiempo.

Y quizá una de las primeras cosas que deberíamos cuestionarnos en estas fechas es precisamente esa expectativa, tan extendida, de regresar y funcionar inmediatamente al 100 %.

A menudo necesitamos desacelerar para desconectar y, del mismo modo, necesitamos tiempo para volver a acelerar.

Cuando comienzan las vacaciones, pocas personas consiguen desconectar completamente el primer día. Nuestro cuerpo puede estar descansando mientras nuestra mente continúa repasando conversaciones, tareas pendientes o problemas que dejamos atrás. Poco a poco, disminuye la activación, cambian nuestros horarios y aparecen otras actividades, otros ritmos y otras prioridades.

Desaceleramos progresivamente.

¿Por qué entonces esperamos que el proceso contrario sea instantáneo?

Después de varios días o semanas con otros horarios y otras demandas, volver a levantarnos temprano, concentrarnos durante varias horas, organizar prioridades, tomar decisiones, relacionarnos con otras personas y responder a múltiples estímulos supone también un proceso de reajuste.

No significa que hayamos perdido capacidades.

Significa, simplemente, que necesitamos volver a ponerlas en funcionamiento.

Y comprenderlo puede ayudarnos a sustituir una pregunta que genera cierta presión:

«¿Por qué no estoy todavía al 100 %?»

por otra mucho más útil:

«¿Qué necesito en este momento para ir recuperando mi ritmo?»

Y es que quizá no se trata de volver cuanto antes, sino de volver lo suficientemente bien.

Una dificultad habitual durante los primeros días es comparar nuestro nivel actual de energía o productividad con el que teníamos antes de marcharnos.

Queremos volver a concentrarnos igual, organizar igual, producir igual y responder igual.

Y cuando no ocurre inmediatamente puede aparecer frustración e incluso cierta culpabilidad:

«Debería estar más centrado.»

«No consigo arrancar.»

«Antes podía con todo esto.»

Precisamente aquí necesitamos introducir algo que no siempre asociamos al entorno profesional: la autocompasión.

La verdadera autocompasión no significa conformarnos, abandonar nuestras responsabilidades o renunciar al esfuerzo.

Significa ser capaces de reconocer honestamente cómo estamos sin añadir una segunda capa de sufrimiento mediante la crítica constante.

Podemos decirnos:

«Me está costando volver y, aun así, puedo ir dando los pasos que necesito para hacerlo.»

Aceptar el punto de partida no nos aleja de la acción; todo lo contrario: nos permite emprenderla de una manera mucho más sostenible y respetuosa con nosotros mismos.

Y es que la autocompasión no elimina la responsabilidad, cambia la manera en la que nos relacionamos con nosotros mismos mientras avanzamos.

Cuando falta motivación, empezar con pasos pequeños puede cambiarlo todo.

Otro error frecuente consiste en esperar a recuperar la motivación antes de empezar.

Sin embargo, en muchas ocasiones el camino funciona precisamente al revés.

No siempre comenzamos porque nos sentimos motivados. A veces recuperamos la motivación después de empezar.

Completar una primera tarea sencilla, ordenar algunas prioridades, salir a caminar, recuperar un horario de sueño o terminar aquello que llevábamos varios días posponiendo puede ayudarnos a reconstruir algo muy importante: la sensación de capacidad y de control.

El movimiento genera movimiento.

Por eso, cuando sentimos que todo cuesta demasiado, reducir el tamaño del primer paso puede ser mucho más útil que aumentar la exigencia.

No siempre necesitamos sentirnos capaces para empezar. A veces necesitamos empezar para volver a sentirnos capaces.

Algunas formas de facilitar nuestra propia vuelta al trabajo:

No existe una fórmula universal, pero sí podemos crear condiciones que ayuden a nuestro organismo y a nuestra mente a recuperar progresivamente el ritmo:

  • Recuperar los horarios de manera progresiva, especialmente los relacionados con el sueño y las comidas.
  • Priorizar antes de ejecutar. No todo lo acumulado durante nuestra ausencia necesita resolverse durante los primeros días.
  • Reducir la multitarea y crear pequeños periodos de concentración en una sola actividad.
  • Volver al movimiento. Caminar, entrenar o simplemente reducir el tiempo que permanecemos sentados puede ayudarnos a recuperar energía y sensación de activación.
  • Introducir pequeñas pausas de regulación mediante respiración consciente, mindfulness o cualquier práctica que nos ayude a parar, a reducir la activación y a recuperar claridad.
  • Reconocer los pequeños avances. Nuestro punto de referencia no necesita ser inmediatamente nuestra mejor versión anterior.
  • Cuidar la forma en que nos hablamos. Sustituir «debería estar haciendo más» por «¿qué puedo hacer ahora que me ayude a avanzar?» puede cambiar profundamente nuestra experiencia de la vuelta.

Y aquí llegamos a un punto importante que no deberíamos olvidar: la responsabilidad de una reincorporación sostenible no pertenece únicamente a la persona.

¿Qué pueden hacer los líderes?

La manera en que un responsable recibe a una persona después de sus vacaciones puede facilitar enormemente su reincorporación o convertir los primeros días en una carrera contrarreloj.

Algunas acciones muy sencillas pueden marcar una gran diferencia:

  • Ayudar a identificar qué es realmente prioritario y qué puede esperar.
  • Evitar llenar los primeros días de reuniones que podrían posponerse o resolverse de otra manera.
  • Facilitar una conversación de actualización que permita comprender qué ha ocurrido durante la ausencia sin obligar a reconstruirlo todo a través de decenas de correos.
  • Clarificar expectativas y objetivos para los siguientes días.
  • Preguntar qué necesita la persona para recuperar contexto y autonomía.
  • Evitar transmitir implícitamente la idea de que estar de vuelta significa tener que compensar inmediatamente el tiempo que se ha estado fuera.

Liderar también consiste en comprender que rendimiento y recuperación no son procesos independientes.

¿Y qué pueden hacer las organizaciones?

La vuelta de vacaciones puede ser también una oportunidad para reforzar una cultura organizacional que construye motivación, compromiso, rendimiento y sostenibilidad.

¿Qué ocurre cuando alguien se ausenta durante dos semanas?

¿Se encuentra a su regreso con cientos de correos, tareas acumuladas y reuniones encadenadas?

¿Existe una verdadera capacidad de delegación?

¿Hay procesos que permiten que el trabajo continúe sin depender continuamente de una única persona?

¿Los equipos pueden descansar realmente o las vacaciones significan simplemente trabajar menos desde otro lugar?

Una organización que quiere cuidar el bienestar no puede limitarse a recomendar a sus empleados que descansen, mediten o gestionen mejor su estrés.

También necesita revisar las condiciones en las que esas personas trabajan y regresan al trabajo.

Planificar sustituciones, mejorar la coordinación, establecer prioridades claras, favorecer la desconexión real y diseñar procesos de reincorporación razonables no son únicamente medidas de bienestar.

Son también medidas de eficiencia y productividad.

Porque una persona desbordada no produce más. Más bien al contrario.

Recuperar el ritmo

Quizá septiembre no tenga que comenzar con una carrera.

Quizá pueda empezar con una transición.

Con pequeñas decisiones que nos permitan recuperar poco a poco nuestros horarios, nuestra concentración, nuestra energía y nuestra sensación de capacidad.

Y quizá también con una mirada hacia dentro que nos permita preguntarnos si realmente queremos recuperar el ritmo anterior o si ha llegado el momento de definir otro más alineado con nuestros objetivos y más sostenible en el tiempo.

Con personas dispuestas a escucharse y comunicar lo que necesitan, con líderes preparados para acompañarlas y con organizaciones capaces de crear las condiciones que faciliten el proceso.

En septiembre, poco a poco vuelve la concentración.

Vuelve la energía.

Vuelve la confianza.

Y con ellas vuelve también esa sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer cuando aparece:

«la magia del ritmo».

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